De Frank J Sheed
La estructura de la Iglesia
La salvación del hombre -ya lo hemos visto- está ligada a los Apóstoles. A través de ellos, la vida y la
doctrina de Cristo se dan a conocer a los hombres hasta el final de los tiempos. La intervención de los
Apóstoles significa, pues, dos cosas: que, unidos a ellos, estamos unidos a Cristo, y que la doctrina que
nos enseñan y la vida que nos dan están garantizadas por El.
Esta es la Iglesia que el Señor prometió fundar sobre Pedro, sobre la que, diez días después de la
promesa, descendió el Espíritu Santo en forma de Lenguas de fuego. Había once Apóstoles, y uno de
ellos, Pedro, como veremos más adelante en detalle, iba a ser el Pastor que representase, aquí en la
tierra, al Buen Pastor que había subido a la diestra de su Padre. Estaban presentes también en aquella
ocasión ciento veinte discípulos: «discípulo» significa «aprendiz», mientras que «apóstol» quiere decir
«enviado»; enviados para transmitir los dones de la verdad, la vida y la unión.
Esta es la Iglesia que «nació del Espíritu Santo y del fuego» en la primera Pentecostés. Su
estructura se ha desarrollado -creándose, por ejemplo, nuevos tipos de oficiales subordinados a los
Apóstoles, a medida que el número de discípulos iba exigiendo una administración más compleja-, pero
las líneas fundamentales de dicha estructura permanecen inalterables: el grupo de discípulos, los que son
dispensadores de verdad y de vida, los que representan a Cristo como Pastor de la Grey.
En todos estos planos, los seres humanos irán cambiando, los hombres mueren y otros los
sustituyen. Pero siempre será el mismo Cristo el que actúe. La Iglesia, unida a Él, realiza en Su nombre lo
mismo que Él -cuando estaba en este mundo- hacía por los hombres, de la forma que Él quiere que ahora
se haga; el mismo Espíritu Santo que moraba en El mora en Su Iglesia.
Es probable que entendamos mejor la idea que el Señor tiene de su Iglesia si contemplamos lo que
hizo con Pedro. El primer momento importante es cambiarle el nombre de Simón por el de Pedro, que
significa «Piedra»; San Mateo (16, 17-20) deja claro el motivo del cambio: «Tú eres Pedro, y sobre esta
piedra edificaré mi Iglesia…». Si no se conoce de memoria la continuación de estas palabras, vale la pena
volver a leer ahora todo el pasaje.
Leamos también lo que el Señor dijo a Pedro en la última Cena (Lc 23, 28-32): detengámonos luego
en las palabras por las que Cristo constituyó a Pedro en pastor de su grey (Jn 21, 15-18): Por tres veces,
le dice que él debe alimentar a las ovejas y corderos. Es decir, le manda dar de comer a todo el rebaño;
pero ¿con qué comida?
Son también tres las veces que el Señor habla de la comida:
— Al Diablo, cuando es tentado por este, le repite las palabras del Deuteronomio: No solo de pan vive
el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios». Por lo tanto, la palabra de Dios es comida.
– A sus discípulos, cuando le piden que coma (Jn 4, 34), les dice: «Mi alimento es hacer la voluntad
del que me ha enviado». Por lo tanto, la Ley de Dios es comida.
– A la muchedumbre, después de alimentarla a partir de cinco panes y dos peces (Jn 6, 55), les
advierte: «El que come mi carne y bebe mi sangre tiene la vida eterna, y yo le resucitaré en el último día».
Por lo tanto, su Cuerpo y su Sangre son comida.
De esta forma, Pedro debe velar por que caminemos alimentados con la verdad, la Ley y los
sacramentos; Pedro, y todos los que -uno por uno- le sucedan como Pastores hasta el final de los
tiempos.
Ahora bien, esto no lo harán por su propio poder: después de cada uno de los mandatos que el
Señor dio a Pedro, vino una reprimenda. En el capítulo 16 de San Mateo, dice a Pedro: «Apártate de mí,
Satanás», cuando le intentaba convencer de que no fuese a Jerusalén para sufrir. En el capítulo 22 de
San Lucas, el reproche es aún más fuerte: «Yo te aseguro, Pedro, que no cantará hoy el gallo antes de
que tres veces hayas negado conocerme». Por fin, casi al final del capítulo 21 de San Juan, encontramos
una frase sorprendente: « ¿A ti qué te importa?».
Pedro fue un santo; muchos de sus sucesores han sido también canonizados, mientras que nos
apenan las pocas muestras de santidad que han dado otros. Lo mismo puede decirse de los Obispos y
sacerdotes: nos llenamos de gozo por los que son santos, y podemos entristecernos por otros. Pero el
poder en el que y por el que vivimos no es suyo: es de Cristo. El es la razón por la que pertenecemos a la
Iglesia, y no los hombres que pueden gobernarla en un momento dado, aquí en la tierra. Los dones nos
vienen a través de ellos, pero siempre proceden de Cristo.
La Iglesia es Católica y Apostólica
El Señor ha querido, pues, que Su Obra de la Redención del hombre se perpetúe mientras exista el
mundo, Él es quien la continúa, desde luego, pero sirviéndose de una sociedad humana. Prometió a
Pedro edificar sobre él Su Iglesia (Mt 16, 18); dicho sea de paso, este debió de sentirse halagado y
confundido al mismo tiempo, preguntándose en qué consistía esa iglesia.
La naturaleza, el fin y la estructura de la Iglesia quedarían claros más adelante, por las palabras
empleadas por Nuestro Señor poco antes de Su Ascensión a los Cielos (Mt 28, 1920). Pedro y los otros
Apóstoles serían los hombres clave de la Iglesia; sería apostólica hasta el final de los tiempos. Y hasta el
final de los tiempos sería católica.
La riqueza de esta última palabra es inagotable. Aquí no podemos detenernos más que en su
significado más común. La palabra «católica» procede del griego, y significa «universal». Ahora bien,
¿qué quiere decir «universal»? El término contiene dos elementos: todo y una, todo en una.
En Su primer mandato a Pedro, Nuestro Señor dejó claro lo que quiere decir con «una»: Su Iglesia
se edificaría sobre la Piedra. Pedro tenía las llaves y el poder de atar y desatar, que Dios mismo
ratificaría. En Su último mandato a los Apóstoles, dejó claro lo que quería decir con «todo», un todo triple:
todas las naciones, toda la doctrina, todos los tiempos.
En el Credo de Nicea, afirmamos que la Iglesia es «una, santa, católica y apostólica». Decimos –
correctamente- que esas son sus cuatro notas. Pues bien, detengámonos en ellas: son signos visibles,
visibles para cualquiera que quiera verlos; no requieren los ojos de la fe, cualquiera que la observe
racionalmente puede comprobarlas. Tal vez no entienda la importancia que le damos los católicos, pero,
con tal de que entienda lo que queremos decir con ellas, no tendrá más remedio que aceptarlas: admitirá
que se dan en la Iglesia.
Para los católicos, sin embargo, son mucho más que eso: son signos visibles de realidades
interiores. La forma de mostrarse exteriormente puede variar en cada época, de acuerdo con la
respuesta, generosa o raquítica, de los hombres a los dones de Dios. Pero la realidad interior
permanecerá inmutable; porque así hizo Cristo a Su Iglesia, nunca podrá cambiar.
Tomemos la nota de la catolicidad, por ejemplo: A medida que ha ido pasando el tiempo desde su
fundación, ha ido enseñando la doctrina a innumerables naciones. Pero, en su realidad más profunda, no
es más católica ahora que lo era en su fundación.
Cuando Nuestro Señor estableció la Iglesia, esta no contaba más que con unos pocos centenares de
judíos; no tenía ninguna antigüedad, y su predicación aún no había comenzado. Sin embargo, ya desde
ese instante, la Iglesia era Católica, pues había sido instituida -para todos los hombres- por Aquel que es
Maestro universal y Dador de la vida a todos los hombres. Esa es la realidad interior, que comenzaría a
mostrarse exteriormente ya el día de Pentecostés.
Esta nota ha resaltado de forma más espectacular en unas épocas que en otras; hay naciones
enteras que se han unido a la Iglesia, y naciones enteras que se han apartado de ella. No obstante, es
siempre la misma Iglesia, a través de la cual el Señor ofrece a los hombres la plenitud de la verdad, la
vida y la unión.
Las realidades interiores forman parte de su esencia; pero las señales externas son de una gran
importancia a la hora de establecer la relación única y espacialísima de la Iglesia con Dios. Como nota, la
apostolicidad puede contemplarse desde distintos puntos de vista; los más importantes son tres:
– Primero: la Iglesia ha tenido una continuidad ininterrumpida desde aquellos a quienes les fue dada
la vida en el primer Pentecostés; a través de la imposición de las manos, cada Obispo, cada sacerdote
está ligado a los Apóstoles.
– Segundo: la Iglesia, como los Apóstoles, enseña y ha enseñado siempre solo lo que Cristo enseñó;
nunca se ha concebido, por ejemplo, que con el progreso del conocimiento lleguemos a saber más que
Él. Ha habido desarrollo, pero siempre un genuino desarrollo de lo que Él nos dejó en depósito.
– Tercero: la Iglesia enseña como enseñaron los Apóstoles: con completa autoridad; siempre ha
dicho lo que los Apóstoles dijeron en el Concilio de Jerusalén (Hch 15, 28): «Nos ha parecido bien al
Espíritu Santo y a nosotros…».
En cuanto a la nota de catolicidad, vale la pena destacar dos puntos. Los pueblos más diversos han
entrado en la Iglesia y todos ellos se han encontrado enteramente como en su propia casa. Todo tipo de
hombres y toda clase de naciones han vivido en ella y la han amado. La Iglesia Católica no corta a todos
por un mismo patrón. Hay grandes diferencias entre los siglos y las civilizaciones, pero la Iglesia es capaz
de llegar al fondo, por debajo de las diferencias, hasta alcanzar aquello que en lo profundo de su
humanidad todos los hombres tienen de común. Es natural que así sea, pues la Iglesia ha sido hecha por
el Dios que ha hecho a los hombres.
La Iglesia es Una
La nota de la unidad surge por sí misma después de haber visto la de la catolicidad, pues, sin
aquella, esta quedaría sin contenido. Ser católico y no ser uno no tendría sentido.
La importancia que la unidad tiene para nuestro Señor se pone de manifiesto claramente en una
frase de la última Cena (Jn 17,21): rezaba por los Apóstoles, y por todos los que a través de sus
enseñanzas creyeran en Él, «para que todos sean uno, como tú, Padre, estas en mí y yo en ti, para que
también ellos sean uno en nosotros, y el mundo sepa que tú me has enviado».
Significaba tanto la unidad para Él, que sobre ella basaba la capacidad de probar al mundo su
divinidad; significaba tanto la unidad en sí misma, que llega a compararla a la unión que en la Divinidad
existe entre el Padre y el Hijo.
Fijémonos de nuevo en las palabras del Señor. Esa unidad habría de ser de los hombres en la
Trinidad: «para que sean uno en nosotros»; esa es la realidad interior. Pero debe ser también visible
externamente, de modo que el mundo la contemple como prueba de la realidad interior de Cristo; esta es
la nota.
Los católicos decimos que estamos unidos en la fe, el culto y el gobierno.
En la fe, porque aceptamos la doctrina y obedecemos las leyes espirituales y morales de la Iglesia,
como enseñanzas y mandatos del mismo Cristo.
De igual manera, en el culto recibimos la Santa Misa y los Sacramentos venidos de Cristo a través
de la Iglesia.
En tercer lugar, la unidad en el gobierno puede verse sencillamente en lo que nuestro Señor dijo
primero a Pedro (Mt 16, 19), y luego a todos los Apóstoles (Mt 18, 18): «Cuanto atareis en la tierra será
atado en el Cielo». Dentro de la estructura de las leyes morales, espirituales y litúrgicas de la Iglesia
dadas expresamente por Cristo, la Iglesia puede reglamentar lo necesario para ayudar a sus miembros a
vivir más plenamente de acuerdo con ellas: el ayuno eucarístico, por ejemplo, o las normas para celebrar
matrimonios mixtos, o el celibato del sacerdocio.
Solo un afán enfermizo de buscar lo novedoso puede explicar que alguien que lee los Evangelios no
encuentre atractiva la unidad de la Iglesia. Incluso hay quienes la encuentran rechazable; la ven como
una subordinación, con tiranía en los gobernantes y servilismo en los gobernados. El peor fenómeno
político de nuestros días les ha brindado un término para calificarla: totalitarismo.
Eso es precisamente lo más opuesto a ella, ya que en el estado totalitario todo cae bajo el control del
Estado; no hay ámbito para lo privado. En la Iglesia, en cambio, la distinción entre la esfera religiosa y la
civil está perfectamente delimitada; y la Iglesia no reclama ninguna autoridad sobre sus miembros en esta
última.
Hay ocasiones en las que ambas esferas se solapan, se entrecruzan, pues existen cuestiones civiles
con efectos religiosos; y otras de legítima diferencia de opiniones, en las que la autoridad se ve precisada
a intervenir. Pero, a través de su larga historia, ni siquiera sus adversarios han encontrado que la Iglesia
haya sido muy dada a imponer su autoridad en la esfera de lo civil; en Estados Unidos o Inglaterra -por
tomar dos ejemplos conocidos-, el Papa no ha dicho nunca a los católicos cómo debían votar en una
elección.
Podría pensarse que quien toma sus propias decisiones en lo referente a la religión es más libre y
más espontáneo. Pero si alguien se une a la Iglesia -o permanece en ella- porque cree que Cristo la
fundó para darnos la verdad, la vida y la unión con Él, es de sentido común aceptar la doctrina y la Moral,
que el Señor le ha dado, y los medios para alcanzar la vida y la unión. Además, estas no son cosas que
podamos descubrir por nosotros mismos: o las sabemos por Revelación de Dios, o no podemos saberlas.
Por eso, debemos encontrar los maestros autorizados por Dios para enseñarlas, y aceptar su autoridad.
La alternativa es marcharse; y la libertad no saca ningún provecho de la ignorancia.
La Iglesia es Santa
También en la nota de la santidad, igual que en las otras, debemos distinguir entre el signo visible –
que puede ser visto por cualquiera, que puede ser más o menos visible- y la realidad interna, visible solo
por los ojos de la fe y que pertenece a la esencia misma de la Iglesia, presente desde el primer momento
de su existencia e inalterable.
En este sentido profundo, la santidad de la Iglesia es simplemente la santidad de Cristo: es Su
Iglesia, fundada por Él como la transmisora de la santidad de los hombres. Cada uno de sus miembros,
en contacto con Cristo, tiene a su alcance una fuente de santidad; el único límite para recibir lo que Él nos
quiere dar es el que ponga nuestra propia voluntad.
La santidad de la Iglesia no puede aumentar, ni, desde luego, disminuir. Si todos sus miembros
estuvieran en estado de gracia en un momento dado, la santidad de la Iglesia no sería mayor de lo que
es; si todos estuviéramos al mismo tiempo en pecado mortal, tampoco sería menor. En otras palabras, la
santidad de la Iglesia no es la suma total de la santidad de cada uno de sus miembros, como la humedad
de la lluvia no se mide por lo que se han mojado los que han estado bajo ella, si todo el mundo sale a la
calle y se cala hasta los huesos, la humedad de la lluvia no varía, como tampoco varía si todos se quedan
en casa. La lluvia es húmeda por ser lluvia, independientemente de que moje a los hombres o no; la
Iglesia es santa porque es Cristo presente en el mundo. La santidad de la Iglesia es la causa de la
santidad de sus miembros, pero no se mide por como correspondan estos.
Ahora bien, en lo que se refiere a la santidad como nota de la Iglesia, debemos contemplar los
efectos en sus miembros, ya que estos son los externamente visibles. Puede verse que la Iglesia es santa
porque enseña una doctrina santa, porque pone a nuestra disposición todos los medios para alcanzar la
santidad, y los santos están ahí como muestra patente de lo inmensamente eficaces que esos medios
pueden ser. Estos son tres temas muy amplios. Vamos al menos a echarles una rápida ojeada.
Por la fe, sabemos en toda la plenitud de su realidad, que la doctrina que la Iglesia nos enseña es
santa. Incluso para aquellos que no tienen fe, o difieren de la Iglesia por su concepto de santidad, o bien
descartan la santidad como cosa sin importancia en un mundo tan ajetreado, hay un hecho innegable: en
sus enseñanzas, la Iglesia se aferra siempre a su propio concepto de santidad: la voluntad de Dios es
algo absoluto. Jamás ha consentido ninguna desviación de la misma por la razón que fuera; ha pasado
por la experiencia de la ambición mundana y de las flaquezas humanas pero nunca ha dejado que ni
aquella ni estas influyan en su manifestación de la Ley de Dios.
Ha habido Papas que no han dado muchas muestras de su santidad personal, pero ninguno de ellos
ha intentado jamás manipular la Ley de Dios para adaptarla indulgentemente a sus propias tentaciones. Y
ninguna otra cualidad humana ha sido nunca considerada mayor que la santidad: sus héroes son los
santos; ha introducido en la Liturgia Misas de santos, pero nunca de un Papa individual -por famoso que
haya sido- hasta que haya sido canonizado. Y, por si alguien se siente tentado de reír cínicamente por
esto último, cabe recordar que solo dos Papas de los últimos cuatrocientos años han sido canonizados.
Acerca de los medios de santidad, hay que hacer la misma distinción que hemos hecho en la doctrina,
entre los que sus miembros conocen por la fe y su propia experiencia, y los que son perfectamente
visibles para todo aquel que quiera mirar.
De este último tipo son los que proporciona a sus miembros para ayudarles a vivir la santidad que
predica. Veamos algunos ejemplos, escogidos casi al azar: alguien que ni siquiera crea en la confesión
sacramental, se verá obligado a admitir que la Iglesia, al exigirla, está tomando en serio la lucha contra el
pecado; el examen de conciencia diario que nos recomienda va en la misma dirección, así como los
retiros anuales, o de mayor frecuencia, que nos brinda.
No hay la menor vacilación en la condena que la Iglesia hace del pecado y en su constante llamada
a luchar por la santidad. Consideremos también otro hecho: las obras espirituales de sus mejores hijos no
solo son leídas por el resto de sus miembros, sino también por personas de todos los credos: Las Confesiones,
de San Agustín, la Imitación de Cristo o la Introducción a la vida devota, de San Francisco de
Sales, son leídas por cristianos separados de la Iglesia, en mucha mayor medida que los libros escritos
por los miembros de sus sectas.
Vale la pena mencionar especialmente otro de los medios, o ayudas, que para alcanzar la santidad la
Iglesia ofrece a sus hijos, por ser de gran importancia práctica y, con mucha frecuencia, no es
considerado desde este punto de vista; me refiero al ejemplo de los santos.
La tentación permanente de todo cristiano es pensar que la meta establecida por Cristo es alta y
maravillosa, y valdría la pena intentar alcanzarla, si no estuviera por encima de nuestras facultades: es
estupendo, pero imposible. Ese pensamiento es una estupidez, desde luego. El Dios que hizo a los
hombres los conoce suficientemente bien como para no pedirles lo imposible. Con todo, darse cuenta de
que es una estupidez no disminuye su fuerza. ¡Cuántas veces pensamos que la santidad es para otros,
que nuestras circunstancias y dificultades personales nos hacen imposible que vivamos la vida de Cristo!
Esta es la importancia que tiene el ejemplo de los santos: hombres y mujeres como nosotros, en
nuestras circunstancias, con nuestras mismas dificultades, han alcanzado heroicamente un alto grado de
santidad. Si tenemos esto en cuenta, la santidad seguirá pareciéndonos difícil, pero no imposible: y entre
lo difícil y lo imposible hay un abismo.
Tal vez parezca inapropiado y estúpido meterse en lo que concierne a otras religiones cristianas,
pero no puedo dejar de manifestar mi asombro al ver que no tienen algo equivalente a la canonización de
los santos. Se me ocurre que sería una gran ayuda para un metodista o un presbiteriano, por ejemplo,
cuando sienta que le faltan las fuerzas para vivir de acuerdo con sus creencias saber que un tendero
metodista del siglo XVIII o la hermana de un granjero presbiteriano del siglo XIX superaron sus mismas
dificultades y llegaron a ser santos.
Los hombres y mujeres canonizados por la Iglesia son personas de cualquier tipo: ricos y pobres,
cultos e ignorantes, con grandes tribulaciones o sin ellas, gente de mala vida que se arrepintió más tarde
o personas que no se apartaron del amor a Dios y al prójimo desde su infancia. No es una exageración
decir que los santos son tan variados como lo son los católicos, como lo es la Iglesia misma.
Tres características de la nota de la santidad son, como hemos dicho, la doctrina, los medios y los
santos. El lector ha podido observar que, al referirnos a los dos primeros, hemos acabado hablando de
los santos; ¿queda, entonces, algo más que decir de ellos? Sí, porque en cada una de estas tres
características se habla de los santos desde un punto de vista distinto: en la doctrina, como meta inalterable
que la Iglesia nos propone; en los medios, como testimonio para nuestra flaqueza de que la
santidad es posible incluso para nosotros.
Ahora, por último, nos referimos a ellos como muestra para la humanidad entera de que la doctrina
es la verdadera y los medios son, eficaces, ya que son santos aquellos que han aceptado, con absoluta
decisión, lo que Cristo, a través de Su Iglesia, les ha ofrecido.
En otras palabras: la Iglesia debe ser juzgada por sus santos, y no por los cristianos mediocres, ni
mucho menos por los grandes pecadores. Puede parecer injusto pedir que se juzgue a una institución
solo por sus mejores miembros, pero en este caso no lo es. Una medicina no debe ser juzgada por los
efectos que produzca en los que la compren, sino en los que la compren y tomen la dosis adecuada de la
misma. La Iglesia debe ser juzgada por los que la escuchan y obedecen, y no por los que solo escuchan
a medias y desobedecen cuando sus mandatos son difíciles de cumplir.
Ningún católico está coaccionado -ni por la Iglesia, ni siquiera por Cristo- a ser santo, se le aconseja
y se le ayuda para lograrlo, pero nunca se le fuerza. En palabras de Francis Thomson, la iglesia no es
una máquina «que embala y etiqueta hombres para Dios, salvándoles tanto si quieren como si no». La
respuesta debe ser personal. La de los santos ha sido total, completa; la nuestra, solo parcial, cicatera
(como si nos diese miedo a dejar de cometer algún pecado que nos gusta especialmente), o incluso nula.
Los santos nos prueban por millares que en la Iglesia la santidad se alcanza con fuerza de voluntad
apoyada en la gracia; cada uno de los santos nos demuestra que, si tú y yo no somos santos, es por
nuestra culpa. Hemos llegado al final de nuestro estudio de las notas de la Iglesia; hemos intentado en él
conocer la realidad interior que se oculta tras esos signos visibles. Lo que debe quedar claro es que, en
todo caso, esa realidad interior es una forma de actuación de Cristo Nuestro Señor en la Iglesia. De
hecho, su presencia en la Iglesia es aún más profunda, como vamos a ver a continuación.
La enseñanza de la verdad
En una colina de Galilea, entre la Resurrección y la Ascensión, Nuestro Señor dio a sus Apóstoles la
misión de enseñar a todas las naciones. Debían manifestar todo lo que Él les había enseñado: toda su
doctrina, todos sus preceptos; y les prometió que Él estaría con ellos todos los días hasta el final de los
tiempos. De esta forma, los Apóstoles, asistidos por el mismo Cristo en su enseñanza de la verdad,
tendrían sucesores, igualmente asistidos: Cristo quería que los hombres conociéramos la verdad ya aquí,
en la tierra.
Resulta sorprendente que un número tan grande de cristianos crean que los Apóstoles cumplieron su
misión con solo escribir el Nuevo Testamento, sin dejar quienes les sucedieran -no era necesario, según
ellos- con la autoridad que nuestro Señor les había conferido. Resulta sorprendente, entre otras cosas,
porque eso querría decir que solo cuatro llevaron a cabo su misión: Mateo con su Evangelio; Juan, con un
Evangelio y tres breves Cartas; Pedro, con dos Cartas, y Judas Tadeo, con una sola. Ni un solo escrito de
Tomás, por ejemplo, que tenía una lengua tan expedita (dicho sea de paso, yo daría el mejor libro del
mejor literato que haya existido por tener uno de él sobre el Señor).
Además, resulta sorprendente por otra razón: según esa teoría, la Iglesia fundada por Jesucristo
habría sido docente solo durante medio siglo, para convertirse luego en una mera biblioteca. Por el
contrario, debe haber alguien con autoridad que, al cambiar las circunstancias, aplique las enseñanzas a
la nueva situación; de no ser así, estas acabarían siendo algo inadecuado e imposible de vivir. Incluso en
la doctrina misma, hay partes en las que la mente del católico puede tratar de profundizar, pero corriendo
el enorme peligro de incurrir en el error, aunque ofrezca una gran variedad de posibilidades de ser
desarrollada correctamente. En cada una de las cuestiones con las que la mente inquisitiva del hombre se
enfrenta, surge la pregunta: « ¿Qué quería decir con esto el Señor?».
Así ha ocurrido siempre. No hay una sola palabra pronunciada por Cristo que no haya sido objeto de
diversas interpretaciones, inteligentes unas, atractivas otras, pero contradictorias entre sí: ¿cómo saber
cuál es la auténtica? No basta con tener las palabras del Señor; las palabras por sí solas pueden ser una
especie de talismán, sin significado. Sin un maestro que nos enseñe, sin posibilidad de error, qué quiso
decirnos Jesucristo, no tendríamos Revelación, sino un montón de jeroglíficos en constante incremento.
O tenemos un maestro que nos enseñe aquí en la tierra, con la garantía de la autoridad de Cristo,
como la tenían los Apóstoles, o no estaremos capacitados para conocer la verdad, que el Señor
considera tan importante que sepamos: incluso mucho antes de Su muerte, ya había dado a los hombres
la autoridad para enseñar en Su nombre -a todos sus discípulos, y no solo a los Apóstoles- cuando les
dijo: «El que os oye a vosotros, me oye a Mí». Esto, aplicado a la Iglesia que Él fundó para siempre, es la
fórmula que Él empleó para asegurarnos que recibiremos Su verdad, sin mezcla de error; y Su verdad es
la única Verdad: no hay otra. Es lo que llamamos «infalibilidad».
Los sucesores de los Apóstoles son los Obispos. Lo que ellos están de acuerdo en enseñar como la
Revelación de Cristo sobre la fe y la moral -es decir, sobre las verdades que creemos y las leyes que
obedecemos- es infalible: el mismo Dios garantiza que no contiene error. El acuerdo requerido puede no
ser total, no incluir a todos los Obispos de hoy y de todos los tiempos: un Obispo determinado, en un
lugar y en un momento concreto, puede enseñar el error. Pero lo que podríamos llamar una
«universalidad moral» -la enseñanza común de la mayor parte de la gran mayoría de los Obispos del
mundo- es, ciertamente, verdadera.
Esta enseñanza de los Obispos es la forma ordinaria en la que la revelación de Nuestro Señor llega
a los católicos. Pero cuando hay incertidumbre de que exista común acuerdo en lo que los Obispos
enseñan, o cuando alguna cuestión nueva pide una nueva aclaración, o cuando nace una nueva herejía y
se requiere una explicación más precisa de la verdad negada, se da lo que podríamos llamar el recurso al
tribunal supremo. Con palabras del Concilio Vaticano I (1870), el Papa «está investido de la infalibilidad
que Dios ha querido conceder a Su Iglesia». Si el Papa dirige a toda la Iglesia una definición solemne de
la verdad revelada, esta es absolutamente cierta: el que la oye, oye a Cristo.
La infalibilidad se refiere solo a la enseñanza; no garantiza la santidad del Romano Pontífice.
Aunque, de hecho, los Papas que han dado menos muestras de santidad tampoco han enunciado
muchas definiciones solemnes. Pero, en cualquier caso, la exclusión del error no se debe a ninguna virtud
humana; es exclusivamente un acto de Dios.