de Frank J Sheed
Hemos echado una ojeada a la Iglesia fundada por Nuestro Señor. Hemos visto cómo en Ella y a
través de Ella tenemos acceso a la verdad, la vida y la unión con Cristo, que es en lo que consiste
nuestra Redención. Hemos explicado suficientemente qué significa la verdad, y un poco hemos dicho
acerca de la vida, aunque podría decirse mucho más. Y ahora, ¿qué es la unión?
Con lo que hemos dicho hasta aquí, podríamos afirmar que la unión consiste en el amor y la
obediencia; como tal, es una maravilla que supera los mejores sueños del hombre. Pero eso no es más
que el otro lado del tapiz: la plenitud de la unión que Cristo nos ha preparado -unión con Él y, a través de
Él, con Dios- es mucho mayor, y mucho más profunda. Vamos a intentar comprenderla, ya que es la
verdad central de la Iglesia y, por tanto, de nosotros mismos.
Tomemos como punto de partida la pregunta que Nuestro Señor, desde la diestra de Su Padre en el
Cielo, hizo a Saulo en el camino de Damasco (Cfr. Hch 9, 1-8). Saulo había perseguido a muerte a los
cristianos (y digo «a muerte», porque nunca hizo nada a medias, ni como Saulo el fariseo ni como Pablo
el Apóstol): iba camino de Damasco para capturar también a los cristianos que allí hubiera, cuando perdió
la vista y escuchó una voz que le decía: «Saulo, Saulo: ¿por qué Me persigues?». Observemos que no
dice «Mi Iglesia», sino «a Mí».
Nuestro Señor establecía así una Identidad entre su Iglesia y Él mismo, una identidad verdadera;
podríamos preguntarnos: ¿deben tomarse literalmente las palabras o no es más que una expresión
retórica, una forma de afirmar que la Iglesia le pertenecía de forma que si alguien la perseguía era como
si le estuviera persiguiendo a Él? No, porque no era ese el momento apropiado para la retórica: para
Saulo, era el momento de la verdad. Tenía que aprender que esa identidad era real. Años más tarde,
escribía a los gálatas: (3, 28): «Todos sois uno en Cristo Jesús».
Nuestro Señor ya lo había dicho -aunque Saulo no lo supiera cuando iba a Damasco en la última
Cena; o, mejor dicho, entre esta y la agonía en Getsemaní: «Yo soy la vid, vosotros los sarmientos» (Jn
15, 5). Esta afirmación es contundente; la unión de los cristianos con el Señor no es meramente de amor
y obediencia: es una unidad viva y orgánica. Los sarmientos no son simplemente una sociedad que la
viña decida fundar y cuidar. La viña vive en los sarmientos y los sarmientos en la viña, por la misma vida
de esta.
Así nuestra unión con Cristo es tal, que Él vive en nosotros y nosotros en Él por Su misma vida.
Esta verdad es, a la vez, maravillosa y misteriosa. San Pablo profundizó en este misterio, puesto que
solo a él le había sido manifestado en el momento de su conversión: La iglesia es el Cuerpo de Cristo, y
nosotros somos «miembros» de ese cuerpo, partes de él. Con el conocimiento actual de la estructura
del cuerpo humano, podemos pensar que somos células de Su Cuerpo. Volveremos a San Pablo más
tarde, pero no sin antes citar un texto: «Vosotros sois el Cuerpo de Cristo miembros dependientes de los
otros miembros» (1 Co 12, 27).
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Hemos llamado a la Iglesia el Cuerpo Místico de Cristo; «místico» significa misterioso. Lo
distinguimos así del cuerpo natural, que fue concebido en el vientre de Su Madre y nació en Belén, que
fue clavado en la cruz, que está ahora a la diestra del Padre, y que recibimos bajo la apariencia del pan
en la Sagrada Eucaristía. Los teólogos hablan del segundo cuerpo como del que sucede al primero, ya
que en él Nuestro Señor continúa actuando entre los hombres, como hacía en Su cuerpo natural
durante Su corta vida en la tierra.
Llamar a la Iglesia el Cuerpo de Cristo no es más retórico que la frase dirigida a Saulo: la Iglesia no
es solo una organización que nos proporciona los dones que Él quiere darnos; pensar en Ella solo como
una sociedad fundada por Cristo no basta. Gracias a nuestra experiencia humana, podemos pensar en
el cuerpo de un ser vivo para hacernos una idea más exacta de la Iglesia, ya que la esencia de todo
cuerpo vivo es tener un principio de vida, por el que todos sus elementos viven una misma vida.
Ser células vivas de un cuerpo del que el Señor es la cabeza constituye, por tanto, nuestra función
más importante. Por ello, vamos a profundizar en ese hecho.
San Pablo, en su Epístola a los Efesios (1, 22), afirma: «Le puso por cabeza de toda la Iglesia, que
es su Cuerpo». En otras palabras: Nuestro Señor, que vive en su Cuerpo natural en el Cielo, tiene otro
Cuerpo en la tierra. Este no es una copia del primero, puesto que pertenece a otro orden, si bien ambos
pueden ser llamados «Cuerpo» con la misma propiedad, y «Cuerpo de Cristo». Todos los miembros,
órganos y células de un cuerpo, viven una misma vida, la vida de aquel a quien el cuerpo pertenece; lo
mismo ocurre con el Cuerpo natural de Cristo, y lo mismo con su Cuerpo Místico.
Pero ambas vidas son diferentes: vida natural en el primero, y vida sobrenatural -gracia
santificante- en el segundo. Dentro de la Iglesia, cada miembro tiene su propia vida natural y debe
esforzarse por corregir sus defectos; pero la vida de la gracia, por la que alcanzaremos la visión de Dios
en el Cielo, es la vida de Cristo en nosotros, nuestra participación en su propia vida. «Yo vivo -dice San
Pablo-; o, más bien, no soy yo el que vivo: es Cristo quien vive en mí».
De la misma manera que tenemos células en nuestro cuerpo que viven nuestra vida, debemos
convertirnos en células del Cuerpo de Cristo, que vivan su vida; debemos ser incorporados a Cristo,
insertados en su cuerpo. ¿Cómo? Por el bautismo: Nacidos en la raza de Adán, hemos renacido en
Cristo. Dice San Pablo a los Romanos: «Hemos sido insertados en Cristo por el bautismo» (6, 3); y a los
Gálatas (3, 27): «Cuantos en Cristo habéis sido bautizados, os habéis vestido de Cristo (…) porque
todos sois uno en Cristo Jesús».
Eso es la Iglesia; eso significa pertenecer a Ella. Estamos insertados en la humanidad de nuestro
Señor, hechos uno con Él. Y esa humanidad es la de Dios Hijo, por la que estamos unidos a la segunda
Persona y, a través de esta, a la Trinidad entera. Descubrimos así un nuevo sentido en dos frases
pronunciadas por el Señor en la última Cena.
En el texto que ya hemos citado, ruega porque todos los que crean en Él «sean uno, como tú,
Padre, estás en mí y yo en ti, para que también ellos sean uno en nosotros» (Jn 17, 21: léase hasta el
final del capítulo). Antes del principio del gran discurso, ya había enunciado la verdad en una sola frase:
«Yo estoy en mi Padre, y vosotros en mí y yo en vosotros» Un 14, 20).
Sería una pena ser católico y no hacerse cargo de lo que eso significa, por lo mucho que nos
estaríamos perdiendo. Ahora bien, saberlo puede resultar también aterrador, ya que, además de la vida
sobrenatural que Cristo nos ha logrado, tenemos otra vida natural, y pocos de nosotros podemos
jactarnos de triunfos espectaculares a la hora de armonizar ambas. Pero, aun con nuestra mediocridad,
tenemos una especial grandeza: no hay ninguna otra dignidad al alcance del hombre que pueda
compararse a la que hemos adquirido cada uno de nosotros por el bautismo.
Nuestra unión con Cristo, que es Dios, es mucho más estrecha que cualquier relación humana; la
madre y el hijo, por ejemplo, están muy relacionados, pero son dos. Nuestra unión con Cristo, por el
contrario, es mucho mayor que esa pueda llegar a serlo nunca, por dos razones:
– Porque somos miembros de Cristo; no pensamos en los órganos de nuestro cuerpo -corazón o
hígado, por ejemplo como algo relacionado con nosotros, como pensamos en nuestros parientes: son
algo más cercano a nuestro propio ser, como nosotros los somos a Cristo.
-Nuestra unión con Cristo es de orden sobrenatural, y la mínima relación en el orden de la gracia
es mayor que la más grande en el orden de la naturaleza. Así lo vemos, por ejemplo, en Nuestra Señora:
San Agustín afirma que fue más ensalzada por su santidad que por su relación con el Señor; e
insiste: «Más santa es María por haber recibido la Fe de Cristo que por haber concebido Su carne».
Aunque conozcamos la realidad del Cuerpo Místico, muchos sabemos el poco esfuerzo que
hacemos para vivir en Él. Un ejemplo: la relación que nos une a cualquier católico por nuestra común
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unión en Cristo es mucho más fuerte que los lazos de la sangre. Si tuviésemos esto en cuenta a la hora
de tratar a los demás, el mundo no sería el mismo.
Tratar a otro católico con crueldad o injusticia es, sencillamente, ignorar la existencia del Cuerpo
Místico; más aún, aunque no lleguemos a maltratarle, si le vemos como uno más, olvidamos lo principal
acerca de él y de nosotros mismos.
Acabamos de referirnos a Nuestra Señora; de Ella, como primer miembro del Cuerpo Místico,
vamos a hablar a continuación.